martes, 23 de junio de 2026

No todo lo que superas deja de doler

 Aprender a vivir con algunas heridas también es parte de sanar

A veces pensamos que sanar significa dejar de sentir por completo. Como si crecer emocionalmente implicara llegar a un punto donde ciertos recuerdos ya no duelan, ciertas personas ya no importen o algunas experiencias simplemente desaparezcan de nosotros.

Pero la realidad emocional suele ser mucho más humana que eso.

Hay heridas que sí sanan, pero dejan marca. Recuerdos que ya no destruyen, aunque todavía incomoden un poco cuando vuelven. Personas que ya no queremos de regreso, pero que aun así nos generan nostalgia de vez en cuando. Y eso no significa retroceder.

Últimamente he hablado mucho de esto en talleres, porque muchas personas se sienten frustradas cuando algo vuelve a doler. Creen que si todavía les afecta, entonces “no han superado nada”. Y no siempre es así.

Hay experiencias que no se olvidan por completo porque fueron importantes, porque dejaron aprendizaje o porque tocaron partes muy profundas de nosotros. El objetivo no siempre es borrar el dolor, sino aprender a relacionarnos diferente con él.


De hecho, parte del crecimiento emocional consiste en dejar de pelearse con la idea de sentir.

Porque sí, hay duelos que terminan integrándose. Situaciones que antes rompían por completo y que hoy ya pueden recordarse sin desmoronarse. Y aunque todavía exista cierta tristeza, ya no ocupan el mismo lugar en la vida.

Eso también es sanar.

A veces sanar se parece más a poder hablar de algo sin llorar toda la noche. A dejar de culparse. A entender que lo ocurrido no define completamente quién eres. A recordar sin sentir que el presente se derrumba.

Y creo que necesitamos hablar más de esta versión realista de la salud emocional. Una donde no todo termina perfectamente resuelto. Porque las personas no funcionan como interruptores emocionales. No decidimos simplemente “ya no sentir”.

Hay recuerdos que aparecen en fechas específicas, canciones, lugares o conversaciones. Hay pérdidas que con el tiempo se vuelven más llevaderas, pero no necesariamente invisibles. Y también hay heridas que, aunque cerraron, cambiaron la manera en que vemos ciertas cosas.

Eso no significa vivir atrapados en el pasado. Significa reconocer que algunas experiencias dejan huella, incluso cuando ya no controlan nuestra vida.

Quizá una de las formas más maduras de sanar es aceptar que podemos seguir avanzando sin exigirnos olvidar completamente lo que nos dolió.

Porque no todo lo que superamos deja de doler. Pero muchas veces, con tiempo, apoyo y trabajo emocional, deja de pesarnos igual.

Y a veces eso ya es una forma enorme de paz.

Nos leemos en la próxima entrada de Shot de emociones, este pequeño espacio para ponerle palabras a esas cosas que muchas veces sentimos… pero pocas veces hablamos.


Rocío Guzmán
Psicóloga y Maestra en Orientación Familiar

 

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