Últimamente he trabajado mucho este tema en talleres y algo que me sigue impresionando es la cantidad de personas que cargan una sensación profunda de insuficiencia. Hombres y mujeres que, aunque tienen trabajo, pareja, estudios o personas que los quieren, siguen sintiendo internamente que todavía les falta “algo” para merecer amor, reconocimiento o tranquilidad.
Y sí, eso también puede vivirse
como un duelo.
Porque el duelo no siempre
aparece únicamente cuando perdemos a alguien. A veces aparece cuando empezamos
a reconocer cuánto tiempo vivimos sintiendo que teníamos que esforzarnos
demasiado para sentirnos valiosos.
En los talleres, muchas personas
hablan del cansancio de tener que demostrar constantemente. Ser quien resuelve
todo. Quien nunca falla. Quien da más. Quien aguanta más. Como si equivocarse,
descansar o necesitar apoyo fuera motivo suficiente para perder valor frente a
los demás.
Y poco a poco, esa exigencia se
vuelve parte de la identidad.
Hay personas que se disculpan por
todo. Otras que viven pendientes de no incomodar. Algunas sienten ansiedad
cuando alguien se aleja, aunque no haya pasado nada grave. Y muchas tienen una
voz interna extremadamente dura, una que rara vez reconoce esfuerzos, pero sí
magnifica errores.
Detrás de esto suelen existir
historias de mucha crítica, comparación, invalidación emocional o vínculos
donde el cariño parecía depender del desempeño. Entonces la persona aprende
algo muy difícil de cargar: que para merecer afecto hay que ganárselo.
Por eso hablar de duelo en este
tema sí tiene sentido. Porque muchas veces el proceso implica aceptar cuánto
dolor hubo detrás de esa necesidad constante de aprobación. Hacer duelo por la
tranquilidad que no se tuvo. Por las veces que uno sintió que tenía que
convertirse en alguien “mejor” para merecer quedarse, ser elegido o ser amado.
Y también implica aprender algo
nuevo: que el valor personal no debería depender de cuánto hacemos por otros.
Claro que cambiar esto toma
tiempo, pero hay pequeñas cosas que ayudan a empezar.
A veces es necesario aprender a
detectar la autoexigencia antes de normalizarla. Dejar de medir el propio valor
únicamente a través de productividad, logros o aprobación externa. Empezar a
construir relaciones donde uno no tenga que demostrar constantemente que merece
cariño. Y sobre todo, aprender a hablarse con más humanidad.
Porque vivir sintiendo que nunca
eres suficiente termina siendo una forma muy silenciosa de desgaste emocional.
Y quizá una de las partes más
difíciles de crecer emocionalmente es darse cuenta de cuánto tiempo vivimos
intentando merecer algo que, desde el principio, debió sentirse incondicional.
Nos leemos en la próxima entrada
de Shot de emociones, este pequeño espacio para ponerle palabras a esas
cosas que muchas veces sentimos… pero pocas veces hablamos.
Rocío Guzmán
Psicóloga y Maestra en Orientación Familiar

