Aprender a vivir con algunas heridas también es parte de sanar
A veces pensamos que sanar
significa dejar de sentir por completo. Como si crecer emocionalmente implicara
llegar a un punto donde ciertos recuerdos ya no duelan, ciertas personas ya no
importen o algunas experiencias simplemente desaparezcan de nosotros.
Pero la realidad emocional suele
ser mucho más humana que eso.
Hay heridas que sí sanan, pero
dejan marca. Recuerdos que ya no destruyen, aunque todavía incomoden un poco
cuando vuelven. Personas que ya no queremos de regreso, pero que aun así nos
generan nostalgia de vez en cuando. Y eso no significa retroceder.
Últimamente he hablado mucho de
esto en talleres, porque muchas personas se sienten frustradas cuando algo
vuelve a doler. Creen que si todavía les afecta, entonces “no han superado
nada”. Y no siempre es así.
Hay experiencias que no se
olvidan por completo porque fueron importantes, porque dejaron aprendizaje o
porque tocaron partes muy profundas de nosotros. El objetivo no siempre es
borrar el dolor, sino aprender a relacionarnos diferente con él.
De hecho, parte del crecimiento emocional consiste en dejar de pelearse con la idea de sentir.
Porque sí, hay duelos que
terminan integrándose. Situaciones que antes rompían por completo y que hoy ya
pueden recordarse sin desmoronarse. Y aunque todavía exista cierta tristeza, ya
no ocupan el mismo lugar en la vida.
Eso también es sanar.
A veces sanar se parece más a
poder hablar de algo sin llorar toda la noche. A dejar de culparse. A entender
que lo ocurrido no define completamente quién eres. A recordar sin sentir que
el presente se derrumba.
Y creo que necesitamos hablar más
de esta versión realista de la salud emocional. Una donde no todo termina
perfectamente resuelto. Porque las personas no funcionan como interruptores
emocionales. No decidimos simplemente “ya no sentir”.
Hay recuerdos que aparecen en
fechas específicas, canciones, lugares o conversaciones. Hay pérdidas que con
el tiempo se vuelven más llevaderas, pero no necesariamente invisibles. Y
también hay heridas que, aunque cerraron, cambiaron la manera en que vemos
ciertas cosas.
Eso no significa vivir atrapados
en el pasado. Significa reconocer que algunas experiencias dejan huella,
incluso cuando ya no controlan nuestra vida.
Quizá una de las formas más
maduras de sanar es aceptar que podemos seguir avanzando sin exigirnos olvidar
completamente lo que nos dolió.
Porque no todo lo que superamos
deja de doler. Pero muchas veces, con tiempo, apoyo y trabajo emocional, deja
de pesarnos igual.
Y a veces eso ya es una forma
enorme de paz.
Nos leemos en la próxima entrada
de Shot de emociones, este pequeño espacio para ponerle palabras a esas
cosas que muchas veces sentimos… pero pocas veces hablamos.
Rocío Guzmán
Psicóloga y Maestra en Orientación Familiar

