viernes, 27 de marzo de 2026

Lo que nació "para unos cuántos" en el deporte: Bádminton, ¿Deporte o mera pose?

 

Lo que nació "para unos cuántos" en el deporte: Bádminton, ¿deporte o mera pose?

Por: Diter A. Guzmán
Marzo / 2026
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Por alguna razón, en México el bádminton vive en una especie de limbo deportivo: no es lo suficientemente popular para incomodar a nadie, pero tampoco lo suficientemente invisible como para escapar del peculiar ecosistema de vicios nacionales. Ese donde el talento sobra, pero la gestión… bueno, digamos que juega en otra liga.

El bádminton, ese deporte que muchos recuerdan vagamente de las clases de educación física —como un tenis venido a menos, según el prejuicio ignorante—, es en realidad una disciplina de alta exigencia física, técnica y estratégica. Pero aquí, como en tantos otros ámbitos, no gana el más rápido ni el más preciso, sino el que mejor sabe moverse fuera de la cancha, digamos que una analogía similar al medio artístico jajaja.

Porque sí, la pregunta incómoda flota en el aire, como ese volante que nunca cae donde debería: ¿es el bádminton en México un deporte elitista? La respuesta corta sería “no debería”. La larga, en cambio, incluye cuotas poco claras, torneos que parecen clubes privados y asociaciones que operan con una transparencia digna de vidrio empañado.

De pena notar que todos callan; ciertos clubes, organizaciones, personajes de la escena pública en el gremio y que hay limitantes como cuando es más desesperado el grito defensivo de esos "pedacitos" de honestidad y apertura, pero suena más el "castigo" del desdén a esos pocos que si saben (y se atreven) a alzar la voz.

En teoría, cualquier joven con talento y disciplina podría escalar en el circuito nacional. En la práctica, ese camino suele estar pavimentado con “contactos”, invitaciones selectivas, rostros de televisión en realitys que sólo alimentan el ego (mal manejado)y decisiones administrativas que rara vez se explican —y cuando se explican, suenan más a trabalenguas que a rendición de cuentas.

Las asociaciones deportivas, que deberían ser el motor del desarrollo, a veces parecen más interesadas en administrar privilegios que en promover talento. Se organizan competencias donde los mismos apellidos se repiten, no necesariamente porque sean los mejores, sino porque son los de siempre. Y así, el bádminton corre el riesgo de convertirse en una especie de club social con raquetas, donde entrar es más difícil que ganar un partido.

La corrupción, claro, no siempre llega con maletines llenos de dinero. A veces es más sutil: selección de jugadores sin criterios claros, recursos que no llegan a donde deberían, viajes asignados con lógica misteriosa. Pequeñas decisiones que, acumuladas, construyen un sistema donde el mérito deja de ser el factor principal.

Y luego está el elitismo, ese viejo conocido. Porque aunque el bádminton no exige las fortunas del golf ni el pedigree ecuestre, sí puede volverse inaccesible cuando se centraliza en ciertos círculos. Instalaciones limitadas, entrenadores concentrados en pocas manos, oportunidades que parecen reservadas para quienes ya están dentro del círculo. Un deporte que, en lugar de abrirse, se repliega.

Lo irónico es que México tiene potencial. Hay jóvenes con hambre de competir, con reflejos de felino y disciplina de reloj suizo. Pero ese talento muchas veces se queda en la orilla, viendo cómo el juego se decide en mesas de juntas más que en la cancha.

Quizá el problema no sea el bádminton en sí, sino el reflejo de algo más amplio: una cultura deportiva donde la transparencia es opcional y la meritocracia, negociable. Donde se habla de impulsar el deporte, pero se olvida que impulsarlo implica abrirlo, democratizarlo y, sobre todo, hacerlo justo.

Mientras tanto, el volante sigue en el aire. Y en México, parece que todavía no decidimos si queremos que caiga en la cancha… o en el escritorio correcto.

Shot Radio Internet... seguimos haciendo ruido. 


                                                           Imagen hecha por IA


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