La independencia que a veces nace más del miedo que de la tranquilidad
Hay personas que se acostumbraron
tanto a resolver todo solas, que pedir ayuda les incomoda más que el propio
cansancio.
Personas que dicen “yo puedo
sola”, “no pasa nada”, “ya estoy acostumbrado”. Que rara vez expresan lo que
necesitan. Que prefieren cargar de más antes que sentirse dependientes de
alguien.
Y aunque desde fuera muchas veces
se ve como fortaleza, en realidad no siempre viene de la tranquilidad
emocional. A veces viene de haber aprendido que necesitar apoyo podía terminar
en decepción, abandono, crítica o invalidación.
Últimamente este tema también ha
aparecido mucho en talleres y conversaciones. Personas que se sienten agotadas,
pero que aun así no saben cómo apoyarse en otros. Incluso cuando tienen gente
cerca, siguen funcionando como si tuvieran que resolverlo todo por su cuenta.
Y claro, volverse independiente
no es algo negativo. El problema aparece cuando la independencia deja de ser
una elección sana y se convierte en una forma de protección emocional.
Hay adultos que aprendieron desde
muy pequeños a no pedir demasiado. A no “molestar”. A guardarse lo que sienten.
Algunos crecieron en ambientes donde expresar necesidades no era bien recibido.
Otros aprendieron que mostrarse vulnerables podía usarse en su contra. Entonces
el cerebro desarrolla algo muy parecido a una independencia defensiva: “si no
necesito a nadie, nadie puede lastimarme”.
Pero sostenerse emocionalmente
solo todo el tiempo también desgasta.
Se nota en personas que minimizan
lo que sienten. Que responden “estoy bien” casi automáticamente. Que ayudan a
todos, pero no saben recibir ayuda. Que sienten ansiedad cuando dependen
emocionalmente de alguien o cuando empiezan a encariñarse demasiado.
Muchas veces ni siquiera
identifican que hay miedo detrás. Lo llaman costumbre, personalidad o
autosuficiencia. Pero en el fondo existe una dificultad importante para
confiar, descansar emocionalmente o sentirse sostenidos por otros. Y es que:
necesitar a alguien no es debilidad.
Los vínculos sanos no deberían
sentirse como una amenaza a la independencia. De hecho, una parte importante de
la salud emocional tiene que ver con saber vincularnos sin sentir que eso nos
hace perder valor, libertad o fortaleza.
Por eso, parte del trabajo
emocional también implica aprender cosas nuevas: permitir ayuda sin sentir
culpa, expresar necesidades sin vergüenza y entender que ser fuerte no debería
significar hacerlo todo solo.
A veces sanar no consiste en
volverse más independiente, sino en descubrir que también podemos sentirnos
seguros acompañados.
Porque detrás de muchas personas
“demasiado fuertes”, en realidad hay alguien que hace mucho tiempo aprendió que
depender de otros podía doler.
Nos leemos en la próxima entrada
de Shot de emociones, este pequeño espacio para ponerle palabras a esas
cosas que muchas veces sentimos… pero pocas veces hablamos.
Rocío Guzmán
Psicóloga y Maestra en Orientación Familiar
No hay comentarios:
Publicar un comentario